Nueva sección de imágenes al canto. Este blog cada vez se parece más a un Tumblr, pero es la única manera que tengo para alcanzar un grado aceptable de actualizaciones.
El caso es que tengo coleccionados un buen montón de retratos, ya sean fotográficos o dibujados, y de esta manera les doy salida. Empezamos con uno recién incorporado a mis archivos (desde aquí), el de Alan Moore dibujado por Frank Quitely. Por cierto ¿Algún día harán algo juntos?
Por la belleza de las imágenes, creo que sería capaz de ver cualquier film de Claire Denis con el “mute” puesto sin aburrirme. Eso no quita que la banda de sonido contribuya de sobremanera a convertir la filmografía de la realizadora francesa en un sumun de excelencia audiovisual.
Una buena parte de la culpa de ese buen hacer sonoro la tiene la banda británica Tindersticks, inseparables “compañeros de viaje” de la Denis desde que ella les contratara para musicalizar “Nénette et Boni” allá por el 95. Mucho he buscado de algunas de estas bandas sonoras por torrents, mulas y soulseeks con resultados infructuosos, porque, como descubrí posteriormente, nunca había sido publicadas…hasta ahora.
En un glorioso box set de 5 discos, el sello Constellation saca a la luz un material que merecía existir como obra aislada del contexto audiovisual para el que fue creado. Me imagino que para los Tindersticks ha tenido que ser muy duro ver su discografía diezmada durante tanto tiempo, porque estas seis bandas sonoras realmente aportan una nueva dimensión a su trayectoria artística.
Escuchándolas todas, así de corrido, cabe destacar la increíble capacidad de adaptación de Stuart Staples y compañía a las necesidades de cada film, apoyando al resto de los elementos de la narración. Tenemos desde melodías pastorales a minimalismo post-rock, pasando por jazz brumoso y ritmos africanos. Mucho deberían aprender de ellos otros profesionales de la banda sonora que no hace otra cosa que repetirse… y no miro a nadie, Danny Elfman y Hans Zimmer.
En fin una alegría más para los oídos de este 2011 que está dando agradables sorpresas en lo musical.
Si no he posteado sobre “El Héroe” hasta ahora es porque tenía esperanza de conseguir en Internet algunos jpgs de planchas o viñetas que hiciesen auténtica justicia de este tebeazo, y así ilustrar adecuadamente la reseña. Me gustaría colgar alguna de las 15 páginas que conforman la secuencia de lucha entre Heracles y la Hidra, o la parte en la que nuestro héroe pone la canción “Heroes” de Bowie en su iPod antes del último asalto a los monstros marinos, o alguna que muestre la particular versión de David Rubín para el reino de las Amazonas… Por desgracia no dispongo de ese material digitalizado, ni estoy dispuesto a sacrificar en el escáner el precioso volumen editado por Astiberri que tengo en mi poder, así que se tendrán que conformar de momento con la magnífica portada de arriba y la advertencia de que si no piensan hacerse con el libro se estarán perdiendo una de las mejores obras del tebeo español de la última década.
Libre de prejuicios “genéricos” y de limitaciones en cuanto a extensión, Rubín alumbra la obra que parecía estaba destinado a crear desde que empezó a dibujar cómics. Una visión absolutamente personal del mito de Heracles de impresionante inventiva visual, pero que no termina en lo visual. La sutileza con la que el autor gallego toca terrenos aparentemente (recalco lo de “aparentemente”) vedados para una historia como ésta, lo elevan a un Olimpo tebeístico ocupado previamente por Frank Miller, Alan Moore (si va acompañado por dibujantes de altura), el tándem Morrison/Quitely y muy poquitos más.
Solo queda esperar ahora por la conclusión de la historia (apura con el tomo 2, David!!!) y que “El Héroe” tenga la repercusión que se merece a nivel internacional, porque en su tierra, en contra del refrán, ha sido profeta.
Al respecto de lo comentado en el penúltimo post, quisiera recomendarles encarecidamente el film “Kinatay”, obra del realizador filipino Brillante Mendoza. Se trata de un ejercicio narrativo, esta vez de carácter “verité” que da un ejemplo de como una persona normal puede asimilar la sinrazón, la amoralidad y la violencia extrema en su día a día simplemente dejándose llevar, por pura inercia conductual.
La primera parte de la película nos muestra el humilde modo de vida de Peping y por extensión, el del 90% de los habitantes de la exuberante ciudad de Manila, pobre pero alegre. Del chaval sabemos que es padre pese su juventud, que va a la academia para convertirse en policía y que de manera provisional, hasta que finalice los estudios, trabaja para el mafiosillo del barrio, en la inocua labor de recaudar el “impuesto” a los comerciantes callejeros. Manila es así, Peping no hace daño a nadie y tiene que alimentar a su familia, punto.
Las cosas se tuercen en el angustioso y macabro segundo acto de la película. A Peping se le ordena colaborar en un trabajillo nocturno fuera de sus tareas habituales, que además le reportará unos buenos ingresos extra. Solo cuando está manos a la obra se da cuenta de dónde se ha metido: en una cruel operación de secuestro/venganza sobre una prostituta morosa.
No abundan los diálogos en el film, pero Mendoza elabora un mecanismo narrativo de inmersión mediante el cual el espectador es capaz de saber lo que le está pasando por la cabeza al protagonista en cada momento. Enseguida surge la empatía con un Peping que quiere verse fuera de todo eso pero no sabe cómo, observando a sus compañeros comportándose con total normalidad ante los horribles hechos de los que son cómplices.
Pero el momento de mayor calado del film viene (lo siento por el spoiler) cuando Peping tiene la oportunidad, digamos táctica, de escapar pero rechaza la idea porque se da cuenta que llegado a un punto, ya no hay manera de echarse atrás, solo queda tirar hacia adelante y normalizar lo anormal. Igualito a quien por voluntad propia firma una hipoteca convirtiéndose automáticamente en esclavo del sistema, igual que el corrupto de ayuntamiento que iba sin intención pero “como todos lo hacen…”, igual al que vive amagado ejerciendo un oficio legal de ética cuestionable al que entró porque “no le quedaba otra salida laboral digna”. En definitiva igual que todas esas pequeñas “cesiones” que todos hacemos, y al final crean el mundo en que vivimos.
En mi infancia, estas ilustraciones promocionales eran como mapas de los sueños. Quería recrear esas escenas con las figuras de verdad… Quería hacerme con todos!!. En el fondo la “Generación Pokemon” no se diferencia demasiado de sus predecesoras. Aquí tienen más, con los autores acreditados. Haciendo click pueden ver las de abajo en todo su esplendor.
Releído “Uzumaki” de Junji Ito, me doy cuenta de que no solo es un grandísimo tebeo de terror, sino también una de esas obras que a través del delirio surrealista describen la realidad de manera más profunda que otros productos de vocación realista o incluso enmarcados en la no-ficción.
En “Uzumaki” somos testigos de como un pueblo costero japonés se ve poseído por la “maldición de las espirales”. Todo comienza con pequeños e inquietantes sucesos aislados que poco a poco van subiendo de escala hasta llegar a niveles apocalípticos de auténtica zozobra colectiva. Uno de los protagonistas se da cuenta de lo que sucede desde el principio, insta a sus allegados a escapar del pueblo y/o tomar la iniciativa para descubrir qué está pasando, pero nadie le hace caso. La escalada de terror e inverosimilitud asciende a lo demencial, pero la gente se adapta, se acostumbra a vivir a ese nivel de sinrazón sin cuestionarse nada, mirando para otro lado y esperando a lo que venga como ganado en el matadero.
Volvamos al “mundo real” y valoremos los hechos: Miles de personas poniéndose la soga al cuello por 30 o 40 años para pagarse un piso con un precio muy por encima de su valor real, inmobiliarias que no bajan precios porque se niegan a aceptar que la burbuja ha estallado… y la gente sin parar de hipotecarse, matriculaciones masivas en carreras con salida profesional cero (a sabiendas desde el momento de hacer la inscripción), millones de usuarios renunciando voluntariamente a la privacidad contando su vida en las redes sociales, medios de extrema derecha creciendo en audiencia mes a mes, partidos políticos “de izquierdas” aplicando severos recortes sociales y los progres a votarlos para “evitar males mayores”, las altas instancias del poder judicial politizadas a cara descubierta, “Más allá de la vida” arrasando en Telecinco…
No hay simplificación posible. Realmente todos somos culpables de la situación a la que hemos llegado. Unos por instaurar un entorno de sinrazón y otros por adaptarnos a dicho entorno sin cuestionarnos nada. Los movimientos de “indignación” de los últimos días dan lugar a la esperanza, pero una cosa está clara: Si seguimos eludiendo la responsabilidad personal, haciendo cosas porque “esto es así”, no habremos solucionado nada.
Es costumbre en este blog reivindicar a Frank Quitely siempre que se pueda. Hoy les ofrezco, vía Grantbridge Street, un trabajo primerizo e inédito del genial dibujante escocés.
Se trata de “Shimura”, serial perteneciente al universo Juez Dredd en el que Quitely y Robbie Morrison relatan las peripecias de las contrapartidas japonesas del famoso cuerpo judicial que tan bien conocemos de Megacity-One. Sorprende lo bueno que era el tío ya desde sus comienzos… le quedaban cosas por pulir, pero la pericia en el diseño y planificación de página ya estaban allí, y a un nivel que pocos autores llegan a alcanzan en sus mejores momentos.
Destacables son también los experimentos de integración de las onomatopeyas con el resto de elementos de la viñeta… inquietud exploradora en un entorno totalmente industrial, como dije hace unos posts, eso ya no se ve ahora.
“En enero de 1975 tuve un accidente, un taxi me atropelló. No estaba seriamente herido, pero estaba confinado en la cama con una posición rígida y estática. Mi amigo Judy Nylon me visitó y me trajo un disco de música de arpa del siglo XVIII. Después de que se marchase, y con bastante dificultad, puse el disco. Cuando ya estaba acostado, me di cuenta de que el volumen era extremadamente bajo y que uno de los canales del estéreo no funcionaba. Como no tenía la energía suficiente para levantarme y arreglarlo, el disco era casi inaudible. Estaba acostado en una semipenumbra, y entonces empecé a escuchar ese disco como nunca antes había escuchado música alguna. Era realmente una experiencia muy bella. Tenía la sensación de icebergs. No podía oír más que ocasionalmente pequeñas ráfagas de notas que me llegaban por encima del ruido de la lluvia de afuera, y enseguida volvían a marcharse a la deriva. Y empecé a reflexionar sobre la música como ambiente…”
Brian Eno
Banda sonora del post: Brian Eno - “Discreet Music”
El rollito “material encontrado” en plan “El Proyecto de la Bruja de Blair” se está afianzando como uno de los más eficaces a la hora de establecer experiencias metanarrativas cinematográficas en las que el espectador, de alguna manera se ve obligado a reflexionar sobre los mecanismos de ficción en el audiovisual. Me gusta pensar que “Trash Humpers” pertenece también a ese género. Aunque no se utiliza el recurso, al principio de la película podría salir un rótulo introductorio donde se explicara que lo que sigue es el contenido de una cinta VHS encontrada en el contenedor más inmundo del suburbio más inmundo de los EEUU.
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En el film no hay historia ni progresión narrativa al uso. Solo una suerte de grabaciones amateur en las que unos siniestros e hiperactivos ancianos llevan a cabo todo tipo de fechorías antisociales e interactúan con otros individuos borderline en las inmediaciones de un paisaje suburbano de un realismo apocalíptico. La cinta, más que invitar a reflexión, intenta alejar al espectador de los dominios de la cordura para empujarlo al terreno de la pesadilla pura. Ver esto en una sala de cine tiene que resultar absolutamente mesmerizante.
Harmony Korine, el mad doctor detrás de semejante engendro ya tiene práctica en eso de dejar descolocado al personal. De su pluma salió el libreto de “Kids”, y “Gummo”, su ópera prima como director se ganó merecida fama como inductora de vómitos. Con “Trash Humpers” es capaz de provocar esos efectos repulsivos de una manera mucho más refinada, abriendo cajones del inconsciente en los que no nos gusta curiosear: nostalgia, miedo al futuro, corrupción de la carne, ansia de destrucción, frustración sexual… Todo está ahí, y al señor Korine le basta una textura VHS, varias máscaras de látex y unos cuantos amigos actores haciendo el tonto para hacer flotar esos amargos sentimientos a la superficie.
Este fin de semana, en una indeseable sesión de ordenación y limpieza, me encontré con el tomo de Archivos X-Men (Forum) que recopilaba el primer arco argumental de la etapa Claremont/Sienkiewicz en “Los Nuevos Mutantes”. En el mismo momento fui consciente de lo mucho que han cambiado las cosas en el mundo del cómic desde que ese material salió a la luz.
Porque hoy, para publicar algo con un mínimo valor artístico se hacen imprescindibles la tapa dura, un precio de portada de dos cifras y unas fechas de entrega suficientemente holgadas. Sin embargo ahí estaba Sienkiewicz en 1984, acosado por la periodicidad mensual, entregando pura vanguardia para ser impresa en papel de bajísima calidad, intercalada con anuncios de golosinas y vendida en kioscos y supermercados por unos céntimos de dólar. Supongo que la situación actual será mejor para los autores, pero no me podrán negar que aquello sí era épico.
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