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Enter the Void

viernes, 10 de diciembre de 2010

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A Gaspar Noé eso de provocar le gusta más que a un tonto un lápiz. Algunas secuencias de sus filmes son ya de obligada referencia en conversaciones acerca de pelis “fuertes”, como lo son trabajos de gente como Michael Haneke o Kim Ki-duk. A diferencia de éstos, Noé tira bastante del “provocar por provocar”, pues  detrás de esos extremos arrebatos visuales de sexo y violencia hay poca chicha en general. El director es ante todo un esteta, un esteta de la degradación. En este sentido “Enter the Void” explota las virtudes del realizador como nunca antes habíamos visto, minimizando de paso su defectos. Porque el film que nos ocupa es antes que nada una potentísima experiencia sensorial.

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Tomando como guía el libro tibetano de los muertos (“Bardo Thodol”) Noé nos sumerge en el estado de “tránsito” experimentado por Oscar, un joven occidental que se gana la vida en Tokyo trapicheando con drogas y es abatido por la policía mientras se encuentra acorralado en un lavabo. Oscar permanece en el mundo de los vivos como fantasma, flotando entre calles y edificios, atravesando las paredes, observando los destinos de aquellos que deja atrás, rememorando momentos claves de su recién finalizada vida y decidiendo si quiere renacer en la Tierra o ascender a otras dimensiones/estados de consciencia.

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Todo esto que cuento puede sonar a “cliché alucinatorio”, pero  su puesta en imágenes va más allá de cualquier cosa del mismo palo que hayamos visto anteriormente. El film es un auténtico prodigio técnico que demuestra que los avances tecnológicos en el campo de la cinematografía pueden tener un uso mucho más creativo del que se les viene dando. La música, los efectos especiales lisérgicos, la ambientación lumínica, el (presupongo) complicadísimo  modo de “mover” la cámara en modo “espíritu-visión” , con  largos planos secuencia dónde ésta levanta vuelo atravesando techos, paredes y bloques de edificios enteros o se interna en fuentes de luz para saltar a otro entorno espacio temporal… Todo contribuye a proporcionar al espectador una experiencia audiovisual única.

A nivel de guión la cosa es más discretita. Una mínima historia de amor fraternal, con muchas drogas, sexo y miserias de por medio… Pero el buen hacer de los actores combinada con la apabullante puesta en escena consiguen que nos la comamos con patatas sin problema. Una demostración palpable de que, al contrario de lo que muchos piensan, en cine el guión no es lo más importante, sino que cuenta mucho más la forma de ponerlo en imágenes. Se habla muy gratuitamente sobre que tal o cual película es “cine puro” y al verlas uno no puede dejar de pensar que es mentira, pues tanto la historia que cuentan como la manera de contarla podría trasladarse fácilmente a otro medio de expresión. Esto no ocurre con “Enter the Void”. Cine puro de verdad.

Tráiler:

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