“Sed de poder. Sed de dinero. Celos. Todas las cosas que nos hacemos los unos a los otros. En última instancia todo está relacionado con el sexo. Pero el sexo produce bebés. Si miras a un bebé es la cosa más pura del mundo. La mejor. Totalmente inocente. ¿Cómo concilias eso?. Tanta perversidad en nombre de la creación de inocencia. ¿No te parece algo equivocado?”
El párrafo de arriba pertenece a la novela “Luther: El Origen”. Lo pone Neil Cross en boca de John Luther, el ya célebre personaje televisivo interpretado por Idris Elba. No se engañen respecto a esta precuela en prosa, no estamos hablando de un (sub)producto derivado al uso: Cross es el creador de “Luther”, guionista de todos los episodios de la serie, y lleva años escribiendo novela negra muy muy turbia. La que nos ocupa no es una excepción. Inmersión en el abismo asegurada. Avisados quedan.
Hace ya aproximadamente un mes que he terminado “The Wire”. Una experiencia adictiva y absorbente (¡cinco temporadas en tres semanas!) que me ha llevado a la misma conclusión que a la mayoría de los que la han visto: la serie es grande, muy grande. Con todo, veo exagerado eso de ponerla como la mejor serie de televisión de la historia sin oponente que le pueda hacer sombra a día de hoy; es muy buena, pero hay otras a su nivel. Quizás su estructura de “gran novela americana” proyecte sobre los espectadores una sensación de complejidad, profundidad y verosimilitud nunca antes experimentada en televisión, pero el audiovisual y la narrativa escrita son medios muy diferentes con recursos estilísticos y narrativos muy diferentes que exigen criterios de evaluación muy diferentes. Por desgracia, todavía vivimos en una fase cultural en la que la literatura es considerada un arte superior al resto, y todo ha de valorarse tomando este medio (y las herramientas críticas asociadas al mismo) como máxima referencia.
Un poco al hilo de estas cosas quisiera aludir al personaje de Omar Little, una especie de intrusión pop en el universo realista y ultradocumentado de “The Wire”. Robin Hood, héroe romántico, ángel vengador, espíritu indomable y “el mejor en lo que hace”; todo eso es Omar. Para más inri, el personaje luce una cicatriz distintiva y, cual superhéroe, dispone de su particular uniforme de combate (gabardina + chaleco antibalas). Omar es una anomalía dentro del universo turbio y lleno de zonas grises de “The Wire”, sin embargo, paradójicamente, se ha erigido por aclamación popular como el símbolo/icono más recurrente a la hora de representar la serie. Omar fascina a los espectadores, solo así se explica que su figura cope las portadas de los libros monográficos sobre la serie y sea protagonista de un buen número de memes y homenajes varios a lo largo y ancho de la red.
No hay resistencia posible. El espectador medio de “The Wire”, aún congratulado ante el “verismo” y la complejidad sin parangón que le entregan David Simon y compañía, cae rendido ante el encanto pop de Omar… y eso dice algo acerca de “lo pop”.
Posiblemente, la década de los 00 haya sido la más productiva y lucrativa para la franquicia Star Wars en sus más de 30 años de historia, pero también ha sido la década en la que la saga perdió su magia.
Seamos realistas, la trilogía original (La Sagrada Trilogía, como diría Kevin Smith) no fue ninguna obra maestra del cine, pero cautivó a varias generaciones de niños como no lo había hecho ninguna otra saga de ciencia ficción: su historia fundamentada en arquetipos heroicos, el carisma de sus personajes, los magníficos diseños de producción y los efectos visuales sin parangón nos atraparon de mala manera. La saga adquirió un status de “culto mainstream” inédito, en el que la nostalgia de lo vivido en la infancia jugaba un papel importante a la hora de valorar las pelis en el presente. La nueva trilogía que arranca en 1999 barre con toda esa aura mítica cultivada a lo largo de las décadas anteriores: mucha pirotecnia, poco carisma, mitos desmontados… y la terrible sensación de que la trilogía clásica tampoco era tan buena (vamos, que Jar Jar Binks no fue más que la versión actualizada de los Ewoks). Star Wars está ahora más cerca de franquicias como Transformers o Piratas del Caribe que de lo que era en los 80 y 90.
Con todo, la actualización de la saga galáctica en los dosmiles trajo alguna que otra perla, como la microserie animada “Las Guerras Clon” (no confundir con el pestiño infográfico que se emite en la actualidad y desde hace un lustro), con el genio de la animación Genndy Tartakovsky como responsable creativo de la misma. Con una duración total de poco más de dos horas, fragmentada en capítulos de entre 5 y 15 minutos, la serie pretendía servir de puente entre los episodios cinematográficos II y III. Literalmente, material de relleno; pero Tartakovsky lo aprovechó para dar rienda suelta a sus ejercicios de estilo. La historia es casi nula, y totalmente intranscendente en cuanto a aportes al conjunto de la saga, simplemente se trata de un encadenado de batallas y duelos en los diferentes contextos y entre los principales personajes de las Guerras Clon, pero magníficamente narradas, planificadas y coreografiadas.
Tartakovsky utiliza y expande lo aprendido en “Samurai Jack”, su magnífico anterior proyecto, para mostrarnos a los jedis en acción como no habíamos podido ver hasta el momento, batiéndose en largas secuencias mudas de gran belleza expresionista, sirviéndose de encuadres y perspectivas poco comunes en los estéticamente clasicistas filmes de imagen real. Belleza basada en geometría y movimiento.
Star Wars ahora: MAL. Aún así, su status de franquicia activa todavía puede justificarse si de vez en cuando salen de allí cositas como ésta.
Los habituales del blog sabrán que el rollito nostálgico no es algo que se estile demasiado por aquí, más aún desde que di por finalizada la exitosa (dentro de los baremos minoritarios de éste espacio) sección Top30. Pues bien, me he dado cuenta que echo de menos eso de revisitar el pasado de vez en cuando, y he estado dándole vueltas a cómo orientar conceptualmente una nueva serie de posts retro. Creo que he dado con la clave.
Para llegar a “Década 0, Cara B” he tenido en cuenta las siguientes ideas que flotaban en mi cabeza:
La primera década de los dosmiles ha pasado en un plis.
Dicho periodo ha sido, más que ningún otro, de hipertrofia (sub)cultural: nunca antes ha salido tanto material ni hemos tenido tan “libre acceso” al mismo.
Todo “caduca” y queda olvidado con mayor rapidez que antes.
Por consiguiente, el canon (sub)cultural de los 00’ ha dejado fuera un montón de cosas que quizás mereciesen más atención de la que se les dio en su momento. Cuasi-ninguneadas por la avalancha de “buena mierda” que nutría las infinitas listas de “lo mejor de…” elaboradas cada fin de año, que al fin y al cabo, fueron las que establecieron dicho canon.
Conclusión: en un arrebato de nostalgia express, reseñaré material de la década 0 que a lo mejor no ha llamado demasiado la atención, pero al menos yo lo he disfrutado bastante en su momento. De paso, previo a la escritura del post correspondiente, revisitaré dichas obras para comprobar cómo ha pasado el tiempo sobre ellas desde el prisma de mi propia experiencia.
¿Sabes que me dan miedo las alturas? Ni siquiera puedo mirar por encima de la terraza de papá.
Mira, la verdad es que no es realmente miedo. Es diferente. Más raro, es como… excitación.
Aproximarse al borde, mirar abajo hacia el pavimento y sentir las mariposas en el estómago.
Quiero decir, en realidad tengo que dar un paso atrás porque aún sabiendo que me mataré todavía siento el impulso de, ya sabes… saltar.
Así se autodefine el inevitablemente simpático Stevie Evans en la serie “Magic City”. Un personaje 100% hard boiled en una serie que desde su primer episodio desprende atmósfera pulp, con gangsters histriónico-sanguinarios, mujeres fatales, prostitutas con pelucas rubio platino y políticos pervertidos en contraste con un contexto y puesta en escena elegantes que inducen a pensar en ella como el enésimo exploit de “Mad Men”. Nada más lejos de la realidad.
Una recomendación: Sigan de cerca los movimientos de la cadena Starz. Sus series hacen poco ruido, pero son muy buenas. Quizá poco comprendidas porque los caminos que sus responsables toman para alcanzar la excelencia se alejan bastante del (también excelente) estándar HBO.
Allá por mediados de los 00’, en pleno apogeo occidental del cine oriental, recuerdo haber leído a un avispado crítico (no recuerdo quién ni dónde) haciendo referencia al término “cine de kimono”. Con esa nomenclatura pretendía englobar el subconjunto de películas chinas, coreanas y japonesas cuya popularidad por estos lares se debía más a su componente “exótico” que a otros valores cinematográficos. Por poner un ejemplo claro, fue el “componente kimono” el que convirtió a “Primavera, Verano, Otoño, Invierno… y Primavera” en la peli más exitosa de Kim Ki-duk en las salas españolas. Tiran más los monjes budistas y sus templos en escenarios paradisíacos que los entornos de “realismo sucio” de otros films del coreano.
Todo esto viene a cuento porque creo que en estos momentos, los espectadores de “Mad Men” estamos sufriendo un isomorfismo de ese efecto kimono. Desde la cuarta temporada, y de una manera mucho más acusada en la quinta (en curso), la serie está aligerando sus tramas y sus personajes en pos de convertirse en un escaparate de la estética 60s. Se ve que la popularidad de la serie se debe más a los modelitos de Joan, los capítulos de vacaciones de Don y las escenas de fiesta filo-hippie que a la superestructura machista, los despachos llenos de humo y la ambigüedad existencialista reinantes en las primeras temporadas.
Vale que sigue siendo de lo mejorcito que se emite en TV a nivel mundial, pero actualmente la serie se ha alejado bastante de aquello que la hizo grande en sus inicios. Simplemente, ahora no se puede medir de igual a igual con otros tótems televisivos que, pese a evolucionar temporada tras temporada para limar asperezas con la audiencia, no perdieron peso específico en el proceso.
Queda dicho.
P.D.: Hay que admitir que esta vena sesentera da agradables sorpresas de vez en cuando, como en el último capítulo emitido (S05E08) donde se hace un ingenioso juego metatextual con los derechos de las canciones de los Beatles, utilizando además “Tomorrow never knows”. Viendo a Don Draper haciéndola sonar en su tocadiscos nos damos cuenta de lo vanguardista que fue para la época.