¿Sabes que me dan miedo las alturas? Ni siquiera puedo mirar por encima de la terraza de papá.
Mira, la verdad es que no es realmente miedo. Es diferente. Más raro, es como… excitación.
Aproximarse al borde, mirar abajo hacia el pavimento y sentir las mariposas en el estómago.
Quiero decir, en realidad tengo que dar un paso atrás porque aún sabiendo que me mataré todavía siento el impulso de, ya sabes… saltar.
Así se autodefine el inevitablemente simpático Stevie Evans en la serie “Magic City”. Un personaje 100% hard boiled en una serie que desde su primer episodio desprende atmósfera pulp, con gangsters histriónico-sanguinarios, mujeres fatales, prostitutas con pelucas rubio platino y políticos pervertidos en contraste con un contexto y puesta en escena elegantes que inducen a pensar en ella como el enésimo exploit de “Mad Men”. Nada más lejos de la realidad.
Una recomendación: Sigan de cerca los movimientos de la cadena Starz. Sus series hacen poco ruido, pero son muy buenas. Quizá poco comprendidas porque los caminos que sus responsables toman para alcanzar la excelencia se alejan bastante del (también excelente) estándar HBO.
Allá por mediados de los 00’, en pleno apogeo occidental del cine oriental, recuerdo haber leído a un avispado crítico (no recuerdo quién ni dónde) haciendo referencia al término “cine de kimono”. Con esa nomenclatura pretendía englobar el subconjunto de películas chinas, coreanas y japonesas cuya popularidad por estos lares se debía más a su componente “exótico” que a otros valores cinematográficos. Por poner un ejemplo claro, fue el “componente kimono” el que convirtió a “Primavera, Verano, Otoño, Invierno… y Primavera” en la peli más exitosa de Kim Ki-duk en las salas españolas. Tiran más los monjes budistas y sus templos en escenarios paradisíacos que los entornos de “realismo sucio” de otros films del coreano.
Todo esto viene a cuento porque creo que en estos momentos, los espectadores de “Mad Men” estamos sufriendo un isomorfismo de ese efecto kimono. Desde la cuarta temporada, y de una manera mucho más acusada en la quinta (en curso), la serie está aligerando sus tramas y sus personajes en pos de convertirse en un escaparate de la estética 60s. Se ve que la popularidad de la serie se debe más a los modelitos de Joan, los capítulos de vacaciones de Don y las escenas de fiesta filo-hippie que a la superestructura machista, los despachos llenos de humo y la ambigüedad existencialista reinantes en las primeras temporadas.
Vale que sigue siendo de lo mejorcito que se emite en TV a nivel mundial, pero actualmente la serie se ha alejado bastante de aquello que la hizo grande en sus inicios. Simplemente, ahora no se puede medir de igual a igual con otros tótems televisivos que, pese a evolucionar temporada tras temporada para limar asperezas con la audiencia, no perdieron peso específico en el proceso.
Queda dicho.
P.D.: Hay que admitir que esta vena sesentera da agradables sorpresas de vez en cuando, como en el último capítulo emitido (S05E08) donde se hace un ingenioso juego metatextual con los derechos de las canciones de los Beatles, utilizando además “Tomorrow never knows”. Viendo a Don Draper haciéndola sonar en su tocadiscos nos damos cuenta de lo vanguardista que fue para la época.
No soy ningún experto en Suecia, pero por cultura general (y pop) sé que se trata de uno de los países más avanzados del mundo en cuanto a desarrollo del tan inalcanzable en estos tiempos “estado de bienestar”. Son conscientes, y posiblemente por ello, en la sociedad sueca existe cierto grado de hipersensibilidad hacia todo aquello que pueda amenazar su modo de vida y su garantista estado de derecho. Ahí tenemos, por poner dos ejemplos fáciles, el éxito de la trilogía Millennium, sacando a flote el lado oscuro corrupto-misógino del país o el exceso de celo puesto en el caso Assange, al que la opinión pública sueca ha condenado de antemano, seguramente valorando más el crimen del que se le acusa (acoso y violación menor) que las circunstancias e intereses que rodean al caso.
Ante semejante panorama, la serie “Äkta Människor” (internacionalmente “Real Humans”) presenta un altísimo interés sociológico-bizarro, pues en ella se trata el (todavía ficticio) “problema robótico” desde el punto de vista sueco, además orientado hacia una audiencia autóctona masiva, pues fue emitida en prime time por el primer canal de la SVT, la equivalente sueca a la BBC o a nuestra RTVE . En ella nos es mostrado un presente alternativo en el que los robots de apariencia humana comercialmente conocidos como Hubots triunfan como producto de uso doméstico e industrial. Pero este estado de bienestar sustentado por robots peligra por dos frentes: hubots que han obtenido (ilegalmente) el don del libre albedrío y extremistas humanos que ven a los hubots como el principio del fin de la humanidad.
Hasta aquí todo suena tópico, pero tan solo visionando el primer capítulo de la serie se puede apreciar su peculiar enfoque. En ella se mezclan lo naif, lo cómico y lo siniestro en originales formas. Como si de una serie española se tratase, hay una línea argumental y unos personajes pensados para cada segmento de público: El anciano con problemas con su estricta hubot geriátrica, la madre trabajadora que tiene que dejar en manos de su asistenta robot el cuidado de su hija pequeña, el hijo adolescente rondando por allí con las hormonas revolucionadas y tremendas tentaciones hacia una hermosa muñeca que no se va a quejar si quiere hacer uso ilícito de ella, un currante que ve su vida venirse abajo por la incursión de los hubots en su entorno familiar y laboral, su mujer insatisfecha tirado de entrenador personal sintético para saciar sus apetitos sexuales… Pero a diferencia de lo que pasa en las series patrias multitarget , en ésta las tramas no toman por tonto al espectador, están llenas de dilemas y ambigüedad, de forma que no posicionan a los personajes como buenos y malos sino como gente con sus circunstancias. Además, dichas líneas argumentales se entrecruzan formando un todo coherente que da una buena visión de conjunto del tema tratado.
A destacar también el acabado estético de la serie, con una puesta en escena en colores pastel y un excelente (y malrrollero) trabajo de maquillaje que nos hace dudar si los hubots están interpretados por actores (gran trabajo el suyo también) o fueron creados con lo último en efectos visuales animatrónicos. Ese ambiente kisch contrasta con la profundidad de la serie en lo psicológico y lo sociológico. Realmente, los hubots son una herramienta narrativa para evidenciar nuestras necesidades y carencias. Las conclusiones son claras: Demandamos una atención continua que no tenemos. Más que amigos o pareja, queremos seres vivos “cosificados” que no nos lleven la contraria y nos den el parabién en todo. Ahí están los dueños de mascotas y los viejos verdes “capturados” por jovencitas con segundos intereses para demostrarlo.
Durante el proceso de confección de mi Top30 tuve que tomar varias decisiones difíciles, y sin duda, una de ellas fue la de no incluir allí la rompedora serie de animación “Aeon Flux”, emitida por la MTV en el mítico contendor Liquid TV, con el animador coreano Peter Chung como principal responsable. La mezcla de surrealismo (del bueno), acrobacias, animación de perspectiva alucinógena y un puntito sexualmente perverso convirtieron a la serie en algo realmente único e irrepetible hasta nuestros días, a casi 20 años de su estreno.
Pero sería injusto hablar de las excelencias de “Aeon Flux” sin mencionar a Drew Neumann, el encargado de la música y el diseño de sonido de la serie. Si ésta fue revolucionaria en lo visual, el apartado sonoro no le va a la zaga. Neumann realizó su fantástico trabajo en base a 3 pilares: tridimensionalización del sonido, técnicas de musique discrète y partituras de cortes abruptos. Visto un capítulo, su cerebro jamás podrá separar el concepto de “Aeon Flux” de su música.
Drew Neumann – Aeon Flux Intro
Drew Neumann – "Phobia Suite"
En el año 97, bajo el título “Eye Spy – Ears Only: Confidential”, Neumann publicó la banda sonora de la serie, más algunos mixes extras, así como material para el videojuego que finalmente no salió a la luz. Por problemas de derechos no se pudo utilizar la marca Aeon Flux para el título del disco, pero Peter Chung se prestó a ilustrar la portada. Pueden descargarlo aquí (mientras dure) o comprar la reedición con un cd adicional en la web de Neumann.
10. Misfits T3 La marcha de Nathan y alguna que otra decisión creativa han hecho algo de mella en la calidad de la serie. Aún así, sigue estando muy bien y ha dejado varios capítulos memorables.
9. Superjail! T2 La deriva psicótica hecha dibujo animado. Menos mal que los capítulos duran solo 10 minutos, porque un tiempo de exposición mayor puede dejar secuelas irreparables.
8. Homeland T1 Dos protagonistas “tocados del ala” contendiendo en un juego psico-paranoico-intelectual. Te deja clavado al asiento. Claire Danes encontrando el norte interpretativo.
7. Museo Coconut T2 Mejorando respecto a la 1ª temporada, que ya es decir. Jaime Walter, grande. El sketch de la croqueta, clásico instantáneo.
6. South Park T15 ¿Qué decir que no haya dicho ya? Genial, como de costumbre.
5. Boardwalk Empire T2 Nucky vs. Jimmy. Atlantic City en su hora más oscura. De lo mejorcito que ha dado la HBO a lo largo de su historia, y eso es decir mucho.
4. Luther T2 Cojan “El Caballero Oscuro”, sustituyan Gotham City por Londres, olvídense de justicieros enmascarados y metan de protagonista a un poli “more human than human”. Excelentes resultados.
3. The Shadow Line Esto va sobre mantener el status quo. Si no se quieren deprimir, no la vean.
2. Boss T1 La política como nunca la habían visto en televisión. Brutal y despiadada. La serie revelación del año.
1. Breaking Bad T4 Definitivamente el abismo le ha devuelto la mirada a Walter White, con creces. Casting, personajes, estilo visual, tragedia, comedia (negrísima), profundidad psicológica, acción, tensión narrativa: “Breaking Bad”, la serie que lo tiene TODO.
Dejemos las cosas claras desde el principio: No considero a “Lost” como una de las mejores series de la historia, de hecho no entraría ni en mi top 20 personal. Esto es así fundamentalmente por dos razones: es tramposa y es emo. Tramposa porque su estructura narrativa atendía a un único objetivo: dejar al espectador con unas ganas locas de ver el siguiente episodio. Emo porque sus personajes se movían en un universo psicológico de segunda, basado fundamentalmente en (cristianísimos) procesos de culpa-redención y en lloreras por el muerto de turno. Estas dos nefastas cualidades se hicieron más evidentes que nunca en el final de la serie, azucarado a niveles de coma diabético y sin respuesta a los misterios-cebo que los guionistas diseminaran a lo largo de las 6 temporadas.“Lost” no fue la mejor serie del mundo. Pero fue mucho más que una serie, y por eso corona con honores el proyecto Top30. Ante todo, “Lost” fue un fenómeno sociocultural que revolucionó la esfera seriéfila en todas sus vertientes.
A nivel de producción estrechó distancias con el cine, arrancando con un episodio piloto de presupuesto record y manteniendo como pudo la apariencia cinematográfica en las siguientes entregas. Ese golpe sobre la mesa contra el cartón-piedra sentó precedente en la televisión en abierto (los canales de pago siempre fueron palabras mayores), y cada nueva serie que pretendía “cortar la pana” en la temporada de turno subía un poco el listón, hasta el paradójico punto de que a la propia “Lost” se le acusó de cutre en su última temporada.
Los míticos y caros primeros minutos de “Lost”
En lo que respecta al casting, rompió barreras étnicas y estéticas con un plantel de actores fuera del modelo caucásico-apolineo-plastificado imperante. La medida imprimió (mucho) carácter a la serie y también fue trasvasada con éxito a otras producciones posteriores. El aspecto físico, la edad y la raza fuera del canon fueron desde “Lost” menos impedimento para que un personaje alcance un alto grado de popularidad. Ahí tenemos a Hugo Reyes, Hiro Nakamura o Walter Bishop.
Igualmente revolucionaria resultó la estructura argumental y narrativa de la serie dentro del contexto comercial en el que fue emitida: mezcla de géneros, flashbacks, flashforwards y sobre todo la absoluta supresión del procedimentalismo imperante por aquel entonces para todo producto televisivo relacionado con la ciencia ficción y la fantasía. Porque recordemos que hasta la mitiquísima “Expediente X” era procedimental en el 80% de sus capítulos. “Lost” fue pensada para el seguidor hardcore, no para el advenedizo que pudiese enganchar en un capítulo cualquiera y empezar a seguirla desde ese punto. O la ves (vives) desde el principio o nada.
Pero si hay que escoger el “un antes y un después” más importante que estableció “Lost” tenemos que mirar hacia los que la consumimos. Alrededor de la serie se formó un fenómeno fan overground y transnacional, con adeptos que dejamos de esperar por su emisión en los canales de TV de nuestros respectivos países pasándonos al religioso ritual de la descarga vía P2P del capítulo de la semana, disponible a los pocos minutos de finalizar de su emisión en EEUU (los subtítulos tardaban unas horitas de nada). Nunca antes se hizo así, y nunca después dejó de hacerse, porque seamos realistas, desde “Lost” las series se ven fundamentalmente “por internet”. Resultaba fascinante eso de discutir (y escuchar discutir) en aulas, bares y colas de supermercado sobre la escotilla, los números, DHARMA, Los Otros, el humo negro, Jacob, la estatua de cuatro dedos y tantas otras cosas siendo conscientes de que lo hacíamos a la vez que nuestros homólogos en todas las esquinas de la Tierra, y meses antes de que nada de eso se hubiese visto en las (fracasadas) emisiones nacionales de la serie. Y lo mejor de todo es que por primera vez existía un producto cultural sobre el que los frikis y los no frikis podían compartir intensas conversaciones, porque la transversalidad del target de “Lost” fue también lo nunca visto.
Pero ¿Qué cualidades de esta serie provocaron semejante movimiento tecno-social subterraneo? Pues nada menos que su carácter tramposo y emo. Todos caímos en las trampas, pero que nos quiten lo bailao, nos lo pasamos de puta madre fantaseando sobre lo que estaba por venir y agonizando por el siguiente capítulo, que por supuesto debíamos inyectárnoslo en vena tan pronto estuviese disponible, o sea recurriendo al P2P. En cuanto a lo emo, sirvió de contrapunto a las partes fantastique más hardcore de la serie, suavizando el conjunto y haciéndolo accesible a un espectro mucho más amplio de público.
“Lost”, la serie, no está a la altura de “Los Soprano”, ni de “Mad Men”, ni de“Breaking Bad”, ni de tantas otras . Pero como experiencia integral de consumo de ficción, nada estuvo (y difícilmente estará) a la altura de “Lost”.
Pd: Este post está dedicado a la gente de Lostzilla, sin la cual la “Experiencia Lost” no hubiera sido lo mismo.