Me posiciono: pertenezco a “la mitad” que le gustó “Lords of Salem”. Y me gustó sobre todo por su naturaleza satánica en el sentido menos sensacionalista del término, como metáfora de liberación de las cadenas juedocristianas que todos aquellos que nos criamos en esta cultura llevamos sin excepción, independientemente de lo crédulos o ateos que seamos.
Rob Zombie lo borda con Heidi, la protagonista absoluta de la peli magníficamente interpretada por su mujer, Sheri Moon Zombie. Heidi es una tía que se lo tiene montado de puta madre: trabaja en lo que le gusta y vive como le da la gana. Pero en cuanto empieza a ser visitada por las fuerzas oscuras de Salem, su mecanismo de defensa no puede ser otro que la culpabilidad. Cuanto más se resiste, más culpable se siente de lo que es. De individuo que vive en libertad a pecadora, a libertina, a puta de mierda, a asquerosa drogadicta… su núcleo cristiano aflora para evitar la liberación absoluta.
Una peli que pincha en hueso. Aún nos queda mucho camino por andar.
Daft Punk saca nuevo disco y la peña está como loca. Nadie parece acordarse de que “Human After All” (2005) fue un LP regulero con apenas un par de temas decentes, ni de que la banda sonora del “Tron: Legacy” (2010) supusiera una tremenda decepción a juego con el hype que levantó los meses precedentes a su lanzamiento. Para pillar a los robots franceses en su máximo esplendor tenemos que remontarnos a 2001, a su celebrado “Discovery”. Lo posterior ha sido, fundamentalmente, vivir de rentas, 12 años nada menos, 12 años musicales del musicalmente hiperacelerado siglo XXI. ¿Como es posible que hayan mantenido tanto tiempo la atención del público, que nos olvidemos de sus tropiezos previos y que surja de nuevo una expectación alrededor de su trabajo como si de la segunda venida de Cristo se tratase? Basta observar la portada de “Random Access Memories” para obtener la respuesta.
Independientemente de sus logros y fracasos musicales, los Daft Punk han sabido cultivar una imagen pop altamente carismática y sofisticada: sus máscaras de robot, su logo bordado sobre cuero, sus videoclips dirigidos por primeras figuras del gremio, “Interstella 5555”, “Electroma”… Daft Punk son, antes que nada, coolerrimos. Tal cosa, en los tiempos que corren, los pone por encima del bien y del mal, los hace absolutamente irresistibles entreguen lo que entreguen.
Ellos han manejado su “coolidad” como muy pocos han sabido hacerlo. Tan finamente la han gestionado que incluso han puesto su condición de músicos en segundo plano para reforzar su imagen: “Electroma” no incluye ni un solo tema de Daft Punk; ante las acusaciones de “saqueo sampler” extremo, más chulos que un ocho se sacan de la manga “Discovered”, un recopilatorio-tributo a los temas que han sampleado a discreción; y ahora escogen “Get Lucky” como primer single de su nuevo LP, dando el protagonismo absoluto a Pharrell Williams… eso sí, con un videoclip en el que ellos quedan como Dios en background tocando bajo y batería.
En fin, que se lo han sabido montar muy bien. Personalmente no me espero nada musicalmente extraordinario de “Random Access Memories”, pero ole por ellos y por las alegrías que han proporcionado a los fanáticos de lo pop. Daft Punk Forever!!!
Parece que fue ayer, pero Warp Films, la división orientada a la producción audiovisual del (en origen) sello discográfico independiente Warp, cumple 10 años. De la casa ha salido un poco de todo en cuanto a calidad, pero la marca siempre ha supurado carisma. Reutilizando el razonamiento de Javier Blánquez en “Loops” respecto a lo que pasaba con el sello en su época dorada como máximo impulsor de la llamada “electrónica avanzada”, podemos afirmar que el dato de que cierta película venga de cierta productora en general no dice demasiado sobre ella, pero no ocurre lo mismo si te dicen que la peli en cuestión es una producción de Warp.
Se dice que el buen cine de género fantástico y de terror captura los miedos cotidianos y los hace pasar por el prisma de la ficción para presentarlos al espectador en una forma que invite al entretenimiento y/o la reflexión. Ciertos campos del temor humano han sido concienzudamente explorados por la vía fantástica, pero existe un escenario en el que pienso queda aún mucha leña por cortar: el entorno laboral. Casi todos los seres humanos nos pasamos trabajando la mayor parte del día, nos guste o no lo que hacemos, y muchísima gente comparte más horas de su vida con los (impuestos) compañeros de trabajo que con su propia familia y allegados. Semejante panorama puede convertirse en un verdadero martirio del que, paradójicamente, tememos ser arrancados. No hay miedo cotidiano más arraigado y realmente acechante en nuestros días que el de perder el empleo. Pese a todo, no muchos realizadores de género aprovechan el filón que ofrecen estos asuntos. Brad Anderson sí lo ha hecho.
Tanto “Session 9” como la más mediática “El Maquinista” (con ese Christian Bale cadavérico) internan al currante en odiseas obsesivas filo-lynchanas. Obviamente, Anderson no es Lynch ni lo pretende; lo suyo es menos ambicioso, menos auteur y mucho más torpe, pero por lo menos con esos dos films pudo desviarse de los transitadísimos caminos por los que discurren realizadores de su mismo estatus, esos que tanto prestan su oficio para dirigir episodios sueltos de series de TV por aquí y por allá como para tomar las riendas de alguna que otra producción cinematográfica de género con vocación comercial y presupuesto moderado.
Recuerdo que fui a ver “Session 9” con una idea preconcebida totalmente errónea respecto a lo que me iba a encontrar. Un realizador desconocido desarrollando una historia apoyada en tres elementos base: un equipo de descontaminación, un gigantesco hospital psiquiátrico abandonado que hay que descontaminar y unas cintas de sesiones de un caso terrible todavía almacenadas en los archivos del edificio. Tufaba a convencional peli de casonas malditas, llena de sustitos y apariciones, si acaso con un toque “Resplandor”; sin embargo Anderson fija su atención en los trabajadores, en su mecánica de grupo, en sus rencillas internas, en sus aspiraciones individuales y sobre todo en sus preocupaciones económicas: deben trabajar rápido y bajo presión, a costa de su salud y su seguridad para cumplir el plazo fijado y evitar que la empresa eche el cierre.
El edificio enfermo es simplemente un catalizador que acelera los hechos, no el causante de los mismos. El componente sobrenatural no aparece por ningún lado, los sustos baratos tampoco, simplemente se va generando poco a poco una sensación descorazonadora y alienante de que todo va realmente mal y terminará en una inevitable catarsis. “Session 9” cobra hoy una relevancia que no tenía cuando se estrenó en 2001.
No es que haya hecho demasiadas escapadas al extranjero, pero cada vez que me planteo elegir un destino vacacional tengo una regla eliminatoria básica: evitar esos paraísos turísticos donde los visitantes viven en el lujo (muy asequible para sus bolsillos) y los autóctonos en la miseria. Semejante situación genera un ecosistema de relaciones de poder/dependencia/interés entre ambos grupos de personas del que me resultaría muy desagradable formar parte.
Cuando comento esto en público, son más los que están en desacuerdo conmigo que los que me apoyan. Dicha tendencia es extrapolable a la totalidad. A la vista está el éxito de ciertos destinos (Caribe, Sudeste Asiático, Costa Africana) comercializados en paquetes vacacionales que ofrecen un lujo desproporcionado respecto a su precio. Por algo será, pero la abstracción manda. Aprovecha una buena oferta, disfruta y no preguntes. Hakuna matata. Pues bien, a partir de ahora, a los que no comprendan/compartan mi punto de vista les recomendaré encarecidamente “Paradies: Liebe” (“Paraíso: Amor” en español), la última peli de Ulrich Seidl.
El film, primera y única parte estrenada hasta el momento de una trilogía conceptual, cuenta las aventuras de Teresa, una señora austríaca entrada en años (y en carnes) que se va de vacaciones a Kenya en busca de relax, sol, playa… y un negro que le dé “mandanga de la buena”. Quien conozca la obra previa de Seidl, ya intuirá con lo que se puede encontrar a lo largo del metraje: imágenes muy en crudo de lo que se está narrando, auténtica cara B de lo que muestran los folletos de las agencias de viajes y las fotos que la gente cuelga en Facebook. Resorts dotados de barreras y seguridad privada, y masas de gente local apelotonada ante esas barreras, esperando vender lo que sea a los turistas que salgan a dar un paseo. Turistas con una alta capacidad de autoengaño y lugareños dispuestos a aprovecharse de ello sin reparar en degradación propia.
En definitiva, Seidl expone con perturbador verismo las consecuencias del choque entre individuos de opuestos status económicos. El resultado: la cosificación mutua. Ambos acaban convertidos en objetos, eso sí, cada uno con su funcionalidad y su modo de uso. Al final todos salimos perdiendo.
Descacharrante póster para la tercera entrega de “The Hangover” (Saga “Resacón” por estos lares). Por una parte se chotea de la épica nolaniana omnipresente en el cine de acción actual, y por otra tira de sus propios mitos internos. Deseando verla.