Entradas con la etiqueta ‘Léa Seydoux’

Vénus Noire

miércoles, 22 de enero de 2014

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Noche del 29 de noviembre de 2013. Tras una temporada alejada de los platós, Rosa Benito (la cuñadísima de Rocío Jurado) reaparece en Sálvame Deluxe para contar lo que le había pasado, lo que le obligó a dejar la tele durante varios meses. Poca broma: un intento de suicidio. En un momento de soledad, invadida por la idea de que con sus participaciones en Sálvame había dañado enormemente a su familia, se zampa una caja de lexatines. Tras la confesión, Jorge Javier Vázquez lee en voz alta el informe médico del ingreso de Rosa. Allí se deja constancia de que días después del suceso la paciente persiste en sus ideas suicidas y no se arrepiente  de su fallido intento.

Rosa Benito en Sálvame Deluxe

Partiendo de la base de que todo esto es cierto (personalmente, me lo creo), hay una cosa que me intriga y me perturba: ¿Cómo se ha pactado la célebre reaparición? ¿Cómo una persona, tras tocar fondo, decide regresar al que, según sus propias palabras, había sido el escenario de su proceso de autodestrucción? ¿Hasta qué punto vale la pena económicamente meterse de nuevo en la boca del lobo a sabiendas de lo que puede volver a pasar? En definitiva ¿Cuánto vale la dignidad de un ser humano?

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Es difícil “visualizar”  estas dinámicas del mundo del espectáculo, siempre ocultas tras la cortina. Por eso resulta especialmente interesante una película como Vénus Noire, donde  Abdellatif Kechiche  nos cuenta la trágica historia de Saartjie Baartmann, alias “la Venus Hotentote”. El director de La vida de Adéle, en vez de poner el foco sobre la idiosincrasia racista de la época (que, evidentemente,  también toca), centra el relato sobre conceptos que siguen igual de vigentes en nuestros tiempos: explotación comercial, humillación consentida, la satisfacción de los bajos instintos de la audiencia, y también, el comerciar con la dignidad propia como un acto de libertad personal.

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El discurso de la película es emitido de manera brillante, pues además de esas escenas entre bambalinas llenas de diálogos ambiguos, obligaciones contractuales e intereses económicos, el grueso de su metraje está ocupado por  largas escenas en las que se representan las “performances” de Saartjie al completo, con sus progresivas variaciones de repertorio y público. De esta manera, la acción trasciende la pantalla. El espectador de la película se convierte en un miembro más de la embrutecida platea decimonónica, hasta el punto de que, en determinados momentos, es imposible no sentirse fascinado por los movimientos de ésta Venus Negra (¿Es eso a lo que Dave Cooper llama ripple?). Del mismo modo, salvando las distancias, podemos identificar a Saartjie y su socio blanco con  Yahima Torres (la intérprete principal) y  Kechiche. Viendo este film uno se da cuenta que eso de “exprimir” a sus actrices para que lo den todo ante la cámara viene de antes de La Vida de Adéle y de los mediáticos follones con Léa Seydoux. Vénus Noire, es una clara prueba de que el director se conoce a sí mismo, una obra que porta cierta carga autocrítica.

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Consideraciones “meta” aparte, otro punto de gran interés en la película es la presentación de eso que llamamos metafóricamente “mínimo común denominador” como un fenómeno totalmente transversal. La Venus se expone al populacho, a la aristocracia, a los artistas y a los hombres de ciencia; pero en esencia, todos quieren lo mismo de ella. En el fondo todo se reduce a un espectáculo circense. Y curiosamente, cuanto más “elevado” es el público, mayor cantidad de morbo demanda; como si las buenas maneras diesen derecho a pedir y obtener todo.

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Visto lo visto, mientras siga habiendo actrices que acepten los desafíos de Kechike, ahí estaré para disfrutar de los resultados…  y entremedias, algún Sálvame Deluxe también me tragaré.

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Cine en primer plano

martes, 12 de noviembre de 2013

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No soy muy amigo de los primeros planos en cine. Conozco su indispensable función como “aproximadores emocionales”, pero en cuanto su presencia se extiende más allá de lo justo y necesario, me empiezo a mosquear. Últimamente he visto un par de films compuestos en un 90% por primeros planos, y contra todo pronóstico, me han encantado. Dos propuestas que evocan sensaciones como mínimo disjuntas, pero de elevadísima intensidad en ambos casos. Les cuento:

Más allá de sus  comentadísimas escenas sexuales explícitas, La Vida de Adèle es, antes que nada, el rostro de su actriz protagonista, Adèle Exarchopoulos. El suyo es un semblante que expresa una descomunal hambre de vida y traspasa la frontera de la pantalla mejor que el mejor 3D que Peter Jackson o James Cameron puedan ofrecer. Desde la butaca puedes sentir el olor y el calor que desprende la chica, que lo da todo a una cámara pegada a su cara durante casi tres horas.

La Vida de Adele (1)

La vida de Adele (2)

La vida de Adele (4)

La vida de Adele - Trailer Internacional (HD) 169

En lo que toca a su director y guionista, Abdellatif Kechiche, decir que también ha puesto toda la carne en el asador para obtener una película de una naturalidad pasmosa. Antes que un film sobre “joven que encuentra su sexualidad” (que también), se trata de una intensa crónica emocional  del primer amor verdadero. Inteligentemente, Kechiche deja bastante en off los conflictos más duros que suponemos Adele ha pasado para afirmarse en su condición sexual  y se centra en retratar con toda la fuerza posible la gama de sensaciones de un “enganche duro”, de los que dejan marca imborrable sobre los que lo viven: desde la voracidad inicial, pasando por el desencanto hasta el tremendo dolor de la ruptura. Respecto al tema de la voracidad, de ese apetito desbordante de Adèle (en todos los sentidos), el director da un golpe maestro utilizando la comida como recurso narrativo. En La Vida de Adele se come mucho, y todo tiene una pinta buenísima; literalmente sales del cine con hambre. Puede parecer un chiste, pero establecer ese nexo entre las acepciones de ‘apetito’ ayuda mucho a  obtener esa naturalidad extrema de la que hablaba antes.

La vida de Adele (6)

No me extraña que la Palma de Oro recibida en Cannes fuese explicitamente concedida al director  y las protagonistas; quizá el aporte de Léa Seydoux sea menor que los de Kechiche y Exarchopoulos, pero el nivel de compromiso de los tres convierte a las actrices en co-autoras de pleno derecho.

Pasamos ahora a terrenos más turbios y desasosegantes. En Keane (2004, Lodge Kerrigan) es Damian Lewis el que chupa cámara interpretando a un hombre con problemas mentales, obsesionado con la supuesta desaparición de su hija de 7 años en una estación de autobuses. Digo ‘supuesta’ porque  no se suministran datos suficientes al espectador como para saber si el secuestro es real; todo podría formar parte de los delirios paranoicos de William Keane. A lo mejor, su derrumbe psíquico no se debe a ese suceso traumático y relativamente insólito. A lo mejor, Keane simplemente es un hombre sacudido por la vida, en paro, divorciado, subsistiendo con una pensión por invalidez parcial y gastándose lo poco que tiene en alcohol y coca para abstraerse de su realidad, de paso que agrava su esquizofrenia. Keane podría ser el futuro de cualquiera de nosotros.

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Kerrigan y Lewis nos internan de tal manera en la mente de Keane que llegado a un punto estás reproduciendo en tu cabeza los procesos mentales del personaje. Llegado a un punto, cuando Keane entabla amistad con sus vecinas, una mujer y su hija pequeña en situación borderline similar a la suya, solo piensas en todo va a acabar mal. Las buenas intenciones de Keane hacia ellas y la proyección paterno-filial que establece con la pequeña, en vez de producir una sensación de bienestar en el espectador, genera tensión pura.

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En resumen: dos películas muy diferentes, pero ambas sostenidas por el talento interpretativo de sus protagonistas. Dos películas que demuestran que, por muy cutre que parezca, filmar caras también es cine puro.

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