Década 0, Cara B (VII): Session 9

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Se dice que el buen cine de género fantástico y de terror captura los miedos cotidianos y los hace pasar por el prisma de la ficción para presentarlos al espectador en una forma que invite al entretenimiento y/o la reflexión. Ciertos campos del temor humano han sido concienzudamente explorados por la vía fantástica, pero existe un escenario en el que pienso queda aún mucha leña por cortar: el entorno laboral.  Casi todos los seres humanos nos pasamos trabajando la mayor parte del día, nos guste o no lo que hacemos, y muchísima gente comparte más horas de su vida con los  (impuestos) compañeros de trabajo que con su propia familia y allegados. Semejante panorama puede convertirse en un verdadero martirio del que, paradójicamente, tememos ser arrancados. No hay miedo cotidiano más arraigado y realmente acechante en nuestros días que el de perder el empleo. Pese a todo, no muchos realizadores de género aprovechan el filón que ofrecen estos asuntos. Brad Anderson sí lo ha hecho.
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Tanto “Session 9” como la más mediática “El Maquinista” (con ese Christian Bale cadavérico) internan al currante en odiseas obsesivas filo-lynchanas. Obviamente, Anderson no es Lynch ni lo pretende; lo suyo es menos ambicioso, menos auteur y mucho más torpe, pero por lo menos con esos dos films pudo desviarse de los transitadísimos caminos por los que discurren realizadores de su mismo estatus, esos que tanto prestan su oficio para dirigir episodios sueltos de series de TV por aquí y por allá como para tomar las riendas de alguna que otra producción cinematográfica de género con vocación comercial y presupuesto moderado.

 

Recuerdo que fui a ver “Session 9” con una idea preconcebida totalmente errónea respecto a lo que me iba a encontrar. Un realizador desconocido desarrollando una historia apoyada en tres elementos base: un equipo de descontaminación, un gigantesco hospital psiquiátrico abandonado que hay que descontaminar y unas cintas de sesiones de un caso terrible todavía almacenadas en los archivos del edificio. Tufaba a convencional peli de casonas malditas, llena de sustitos y apariciones, si acaso con un toque  “Resplandor”; sin embargo Anderson fija su atención en los trabajadores, en su mecánica de grupo, en sus rencillas internas, en sus aspiraciones individuales y sobre todo en sus preocupaciones económicas: deben trabajar rápido y bajo presión, a costa de su salud y su seguridad para cumplir el plazo fijado y evitar que la empresa eche el cierre.

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El edificio enfermo es simplemente un catalizador que acelera los hechos, no el causante de los mismos. El componente sobrenatural no aparece por ningún lado, los sustos baratos tampoco, simplemente se va generando poco a poco una sensación descorazonadora y alienante de que todo va realmente mal y terminará en una inevitable catarsis.  “Session 9” cobra hoy una relevancia que no tenía cuando se estrenó en 2001.

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