Los carteles japoneses de películas occidentales de culto suelen molar mucho. Ahí van unos cuantos para varios films de Cronenberg:




Los carteles japoneses de películas occidentales de culto suelen molar mucho. Ahí van unos cuantos para varios films de Cronenberg:





Coinciden estos días en las carteleras dos películas que comparten un par de características remarcables: Son adaptaciones de piezas teatrales y fueron dirigidas por sendos maestros indiscutibles del séptimo arte. Creo que vale la pena comentar lo que ha salido de estos procesos de conversión en base a la naturaleza de las obras originales y las soluciones aportadas por sus respectivos realizadores.

Por parte de Roman Polanski nos llega “Un Dios Salvaje”, adaptación de la minimalista pieza de Yasmina Reza: Dos parejas de padres se reúnen en el piso de una de ellas (única localización) para resolver cordialmente una disputa entre sus respetivos hijos que terminó con uno de ellos agredido por el otro. Según pasan los minutos, la corrección política de los padres va desapareciendo en favor de la catarsis.

Atendiendo a su argumento, el material de base parece propicio para ser manejado por Polanski. Pero si nos adentramos un poco en el libreto nos damos cuenta que realmente los diálogos no dan la talla. Primero, porque no logran mantener el interés inicial durante la hora y media escasa de metraje, y segundo, porque parecen escritos para complacer como espectadores a esa clase burguesa que por otra parte pretenden poner en evidencia. Más que para remover conciencias, todo está planteado para que el espectador salga del cine/teatro orgulloso de la altura intelectual que le ha proporcionado el haber asistido al espectáculo. Un tipo de comportamiento muy asociado, pese a quien le pese, al consumo cultural de artes escénicas y conciertos de música culta. Obviamente, los dramaturgos contemporáneos saben en que mundo se mueven, y creo que Yasmina Reza escribió “Un Dios Salvaje” pensando mucho en su público objetivo.

Según leí, Polanski se tomó el carácter minimalista de la obra (cuatro personajes y un solo escenario) como un desafío cinematográfico. En lo que respeta a las actuaciones ha salido muy bien parado, con un casting perfecto que ha dado lo mejor de sí, en especial Kate Winslet y Cristoph Waltz. Dónde no ha estado tan fino es en el aspecto puramente cinematográfico. Polanski ha demostrado ser un genio a la hora de posicionar la cámara y manejar la mirada del espectador, pero en esta ocasión el contexto ha podido con él. Con cuatro personajes hablando sin parar, juntos en la misma habitación en el 90% del metraje, poco margen de maniobra le quedaba. En este caso, no hay “toque Polanski”, sólo teatro filmado con buen oficio.

Pienso que David Cronenberg ha salido mejor parado con “Un Método Peligroso”, adaptación de “La Cura del Habla” de Christopher Hampton. De nuevo, se trata de material que parece hecho de encargo para Cronenberg: El cruce de caminos entre Sigmund Freud, Carl Jung y Sabina Spielrein planteado como un momento crucial en la evolución del psicoanálisis, con mucha mala praxis y lucha de egos de por medio.

No sé hasta que punto se ha modificado el texto original para su conversión a guión cinematográfico, pero lo cierto es que el estilo clínico de los diálogos le viene al pelo a la quirúrgica narrativa visual de Cronenberg. La formalidad del lenguaje contrasta con la la intensidad del conflicto emocional e intelectual en el que se ven sumidos sus tres protagonistas. Este elemento lingüístico forma parte de la seña de identidad más poderosa del film: su marco contextual. Da la impresión que los personajes piensan, hablan y actúan como auténticos pioneros del psicoanálisis, no como personajes estandar “de época” que sueltan de vez en cuando algún chascarrillo sobre el inconsciente o el complejo de Edipo.

De esta manera, Cronenberg saca adelante una película “de época” dotada de una dimensión alienígena poco común en este tipo de producciones, y lo consigue no a través de planos rebuscados, ni con secuencias oníricas y/o alucinatorias, sino mediante dos recursos tan apegados a lo teatral como son el lenguaje y las interpretaciones. Por cierto, ojito a la Knightley, carne de Oscar.

Tratar el tema de la guerra en el cine es un asunto harto complicado. Las implicaciones sociales, económicas, morales e ideológicas asociadas a un conflicto armado son tan complejas y están tan sujetas a la subjetividad que es imposible no caer en la simplificación o en la ingenuidad cuando intentamos sacar conclusiones acerca de ello. En muchas películas, ese inevitable efecto reduccionista es tan acusado, que las deja hundidas en el terreno de la mediocridad. Ese no es el caso de “Caterpillar”, lo último del grandísimo realizador japonés Kôji Wakamatsu.
Basándose en el relato corto “La Oruga” del genial Edogawa Rampo, Wakamatsu alcanza altísimas cotas de complejidad y ambigüedad minimizando contexto, personajes y argumento: En un pequeño poblado japonés, durante la II Guerra Mundial, a una mujer le es devuelto su marido tras perder éste todas sus extremidades en el campo de batalla, así como la capacidad de oír y hablar. Tan simple como terrible.
Con ese punto de partida, con gran parte de la acción discurriendo dentro de la casa del matrimonio protagonista y cargando los dos (estupendos) intérpretes principales con casi todo el peso dramático del film, resulta increíble ver como se despliega ante nosotros un inmenso fresco de lo que supuso para Japón participar en esa terrible guerra. Esta todo allí: el culto al (falso) héroe, la alienación provocada por el “sentimiento nacional”, el infierno psicológico al que quedan sometidos los retornados y sus familiares…
Con todo, el alcance del film no acaba ahí. Aprovechando la coyuntura de la amputación, Wakamatsu se adentra en terrenos neocárnicos dignos del Cronenberg más radical. No se corta a la hora de mostrar los momentos más íntimos de la pareja en todo lo relativo al cuerpo mutilado del soldado. A través de los horrores de la carne, consigue expresar el estado mental de los protagonistas, y por extensión de todo un país con asombrosa y espeluznante claridad.

Parece que Suehiro Maruo ha adaptado a manga el mismo relato. Conociéndolo, es de esperar un resultado menos sutil pero mucho más desquiciado e instalado en la narrativa de la pesadilla que el de la peli que nos ocupa. No puedo esperar a tenerlo en mis manos.
Tráiler:
La última de Vicenzo Natali es una de esas películas a las que, para sacar de su “penaniglorismo” crítico y comercial bastaría con introducirla en el mercado con la firma de un nombre de más enjundia. Pongamos en este caso el de David Cronenberg.
Porque tras esa apariencia de película insustancial de “monstrua” y científicos locos, “Splice” tiene mucha mucha chicha. De hecho los que se esperen un slasher biotecnológico con sangre y muerte a borbotones van a quedar considerablemente decepcionados. El que la estrella de la función sea una mutante creada en laboratorio no debería desviar la mirada del espectador sobre sus creadores, convincentemente interpretados por dos actores de talla como son Adrien Brody y Sarah Polley.
Natali no se queda en la tópica superficie con disgresiones éticas acerca de trabajar con material genético humano en el laboratorio, va mucho más allá. Esta peli va sobre la inmadurez, sobre tomar conciencia de ser responsable de una vida (in)humana, sobre el concepto de propiedad aplicada a los seres vivos, y también sobre el hecho de proyectar las frustraciones, miedos y deseos sobre un tercero más débil. Los personajes de Clive y Elsa se erigen como novísimos arquetipos de la clase acomodada en la era post-ideológica: inteligentes, hedonistas, nerds en el sentido cool de la palabra (como mola su pisito freakie) y que ven y viven la vida como algo que no se debe tomar demasiado en serio. Pero siempre hay puntos oscuros, que el director canadiense adapta al contexto del film con enfermizos y fascinantes resultados.

“He dedicado dos años de mi mi vida a “Spider” y no he ganado un solo dolar en todo ese tiempo.”
Estas tremendamente honestas palabras fueron pronunciadas por David Cronenberg hace dos años en una entrevista acerca de “Una Historia de Violencia“. Muchos agoreros pronosticaron que ese giro al mainstream del canadiense resultaría en una película impersonal y de poco interés. Se equivocaron.”Una Historia de Violencia” no solo es 100% Cronenberg, sino que abrió nuevos caminos temáticos en su cine, gustó a un sector más amplio de público y dio beneficios económicos.

Un poco más discutible supone su recién estrenada “Promesas del Este“. Poca duda cabe de que Cronenberg ha aplicado una lógica puramente hollywoodiense para elegir este proyecto: Si algo funciona, repítelo. Este nuevo film repite meticulosamente todos los elementos que hicieron célebre su anterior trabajo: el choque entre el mundo “civil” y el crimen organizado, escenas de violencia rápidas y de una tremenda crudeza, sexo naturalista, la doble identidad … y Viggo Mortensen. Estas decisiones no son en absoluto criticables, pues un artista tiene todo el derecho del mundo de reutilizar sus hallazgos, pero conllevan una traba implícita: de entrada ya existe un referente que genera grandes espectativas ante la nueva obra, teniendo ésta que aguantar inevitables comparaciones con su predecesora . Y “Una Historia de Violencia” es bastante mejor que “Promesas del Este”.

El nuevo film plantea un choque de mundos mucho más forzado argumentalmente, y por tanto menos creible. También existe un cierto desequilibrio en el interés entre las dos partes paralelas de la historia. Mientras la parte “Mortensen” es dura, fria, con unos personajes tremendamente interesantes y llenos de matices, la parte “Watts” es sentimentaloide y de poco interés. De todas formas, estas irregularidades no estropean demasiado un film en general brillante; Cronenberg es mucho Cronenberg, y su habilidad para la puesta en escena, para extraer ambigüedad de los personajes y para dar información solo con imágenes harían brillar al peor guión que puediera caer en sus manos.

Mi recomendación: si aún no han visto “Una Historia de Violencia”, vean antes “Promesas del Este”. El efecto de cambiar el orden cronológico de visionado les resultará tremendamente satisfactorio.